Salta - Argentina: jueves 02 de diciembre 2021 09:14 hs.
Roque Rueda: Retó a duelo al Profesor Cáseres a discutir “Güemes y lucha de clases”.

Roque Rueda: Retó a duelo al Profesor Cáseres a discutir “Güemes y lucha de clases”.

Salta/Argentina (Por Roque Rueda (1).– Entre las cosas que afloraron con el bicentenario de la muerte de Güemes hay una que me interesa discutir, porque creo que expresa algo más profundo. Me refiero a la proliferación de discursos – periodísticos, políticos, académicos – que convierten a Güemes en una especie de Che Guevara del siglo XIX. Según esta visión, Güemes habría sido un líder popular que combatió a su propia clase social y finalmente fue traicionado, vendido y asesinado por ella: “a Güemes lo mató la oligarquía”. Esta idea viene acompañada, y tal vez regida, por un discurso cancelatorio, que se toma la atribución de decidir quién puede sentirse gaucho u honrar la gesta de Güemes. Un profesional urbano, un comerciante, un empresario del campo o de cualquier otro rubro, que quiera seguir la tradición (o inculcarla a sus hijos) de vestirse de gaucho en ciertas fechas o desfilar a caballo, está disfrazado, o se apropia injustamente de los méritos populares, o traiciona la verdadera dimensión de la lucha revolucionaria de Güemes.
Me interesa discutir esto, porque nadie lo está haciendo. Me interesa discutirlo, porque entiendo que se trata, en definitiva, de un discurso autoritario, muchas veces injusto, y casi con seguridad inexacto desde un punto de vista histórico. Pero me interesa discutirlo, sobre todo, porque sirve para reflexionar sobre una grieta muy profunda que atraviesa nuestra sociedad y le hace mucho daño, que dificulta confluencias que serían perfectamente posibles entre personas de buena voluntad, y que le da una plataforma fácil a ciertos avivados..
No soy historiador. Estoy muy lejos de eso. He leído algo de historia de Salta, de manera más bien dispersa, y he conversado mucho con personas que saben. Entre ellas me interesa recordar a mi querido tío Luis Arturo Torino, fallecido en enero de este año.
En mi condición de lego y comedido, no pretendo tener la verdad. Pero no me quiero quedar callado ante la progresión de un nuevo “sentido común” histórico que tengo motivos para considerar falso, y en el que encuentro muchos indicios de que se funda en motivaciones ideológicas o en un resentimiento que podrá tener en muchos casos razones reales, objetivas y entendibles, pero que no debiera distorsionar la verdad histórica..
En primer lugar, me interesa aclarar que Güemes fue un gran héroe, un hombre público de trascendencia continental, pero un hombre al fin. No soy de los iconoclastas (enemigo del culto a las imágenes religiosas) que necesitan derrumbar cualquier modelo en el que quiera expresarse un valor. Pero tampoco creo que sea bueno convertir la biografía de un hombre como Güemes en una hagiografía (género literario religioso que trata de la vida de los santos) en la que el héroe/santo, exento de su tiempo y su contexto, se eleva por sobre todo y todos, como único portador de la verdad y del bien. Güemes no estuvo solo. Güemes no habría podido hacer lo que hizo si hubiera estado solo. Pero además, se opusieron a Güemes realistas convencidos y patriotas convencidos. Como hombre público, Güemes también tuvo opositores. Abiertos opositores, no traidores. También habrá tenido obsecuentes, seguramente, porque así es el ser humano y así es la política.
Cuando honramos a Güemes, honramos algo mucho más grande que la persona Martín Miguel de Güemes, de carne y hueso. El monumento que levantamos a Güemes es – y debiera ser – el monumento a todos esos hombres y mujeres – de todas las clases sociales – que participaron en la gesta liderada por él, que se llevó a cabo en un extensísimo territorio que Güemes jamás hubiera podido controlar sin el apoyo de muchos lugartenientes, en su mayoría importantes hacendados.
Concebir esa enorme gesta como el logro individual de un líder acompañado solamente por “su pueblo” contra la “oligarquía” no sólo es falso. No sólo reduce la grandeza de esa gesta. Además, se parece mucho al discurso que en todos los tiempos justificó los autoritarismos personalistas de tipo mesiánico. 
Las luchas de nuestra independencia se libraron en el primer cuarto del siglo XIX. Los criollos de buena posición (“decentes” o “principales” se llamaban a sí mismos) tenían el poder económico, tenían la preeminencia social, pero carecían del poder político, reservado de hecho o de derecho a los peninsulares como consecuencia de la política colonial de España. Hicieron la revolución, aprovechando el contexto internacional, para adquirir ese poder político, y ciertas libertades comerciales. También operaban en algunos de ellos ideas políticas de avanzada, que todavía nada tenían que ver con la lucha de clases. Iniciaron la revolución y la lideraron, por supuesto con el aporte fundamental, y el sacrificio heroico, de muchísimos hombres y mujeres de condición “popular”. El Cabildo de Salta – integrado exclusivamente por gente “principal”, que era la que actuaba en política – fue el primero que se adhirió a la Revolución de Mayo. De ahí la legendaria galopada de Calixto Gauna a Buenos Aires en ocho días. Esto en 1810, cinco años antes del acceso de Guemes al poder. Los riquísimos Francisco y José de Gurruchaga, con José de Moldes, salteños, fueron precursores de la independencia ya en Europa, antes de la revolución. Francisco de Gurruchaga donó la primera escuadra naval de la patria. Murió en la pobreza. Los lugartenientes de Guemes, en su gran mayoría, también pertenecían a ese mismo grupo social, en el que había, como ya dije, patriotas convencidos, realistas convencidos, y seguramente – como en todos los tiempos – también gente mezquina, mediocre y avara. Hace pocos días leía un artículo publicado en el diario El Tribuno en el que el Profesor (Miguel) Cáseres directamente atribuía a Facundo de Zuviría la “autoría ideológica” – vaya uno a saber qué es eso – de la muerte de Güemes. Cabe aquí un dato, que conozco por pura casualidad: en 1923 se inauguró en Salta, en el flamante Parque San Martín, el lindísimo monumento a Zuviría que todavía se puede admirar, salido del cincel de Lola Mora. Se inauguró en el gobierno del Dr. Adolfo Güemes, nieto del General. Por lo visto, la familia Güemes no consideraba a Zuviría autor ni partícipe de la muerte de su gran antepasado. En el mismo artículo, como al pasar, se atribuyó al Coronel Vidt la traición de haber entregado el mando de la Provincia a la “Patria Nueva”, partido opositor a Guemes que integraba Zuviría, luego de recuperar la capital tras la muerte del héroe. Difícil lógica la de Cáseres: Vidt habría cumplido la palabra dada a Guemes en su lecho de muerte, venciendo a los españoles y recuperando la Ciudad. Hecho esto, habría entregado inmediatamente el poder a los arteros y traidores aliados de los españoles. ¿No será, en todo caso, que por algo la Patria Nueva se llamaba “Patria”? ¿No será que eran patriotas como Güemes, pero que tenían diferencias políticas? ¿Será que es traición pensar distinto que el líder popular en cualquier cosa? 
Los realistas nunca más pisaron Salta. Ese mismo año nuestra provincia tuvo su primera Constitución, salida de la pluma de ese mismo Facundo de Zuviría, que treinta años después, tras un largo exilio, presidiría la primera Convención Constituyente nacional. Creo que habría que tener un poco más de cuidado antes de tratar de traidor y asesino a alguien como Zuviría, o como Vidt. Alberdi y Sarmiento se enfrentaron agriamente en su vida política. Nadie niega seriamente el patriotismo de ninguno de los dos. Ojalá tuviéramos hoy un Alberdi y un Sarmiento, peleándose en el Congreso. Del mismo modo, había seguramente motivos para oponerse a Güemes, como siempre los hay para oponerse a quien gobierna. Salta venía desangrándose desde hacía diez años en una guerra en la que, además, acabaría perdiendo su preeminencia geopolítica y sus mercados naturales, proceso que algunos ya notarían entonces. Güemes era un extraordinario líder militar. Habría que estudiar desapasionadamente qué veían Zuviría y la Patria Nueva en su proyección política. Es fácil decir ahora que eran, simplemente, la oligarquía mezquina y reaccionaria. La gesta de Güemes no fue una revolución proletaria contra la burguesía. Sugerirlo es confundirse de siglo o distorsionar a propósito. Las familias que entonces se dividieron en realistas, en patriotas viejos y en patriotas nuevos, integraban una misma clase social. No había entre ellas diferencias sociales, sino distintos posicionamientos políticos. Seguramente también diferencias de poderío económico, y por supuesto operarían intereses. Pero no se puede obviar que la guerra de la independencia tuvo marcados rasgos de guerra civil. Dentro de una misma familia se tomaba diferentes bandos. Decir que “a Güemes lo mató la oligarquía” es obrar con una imprecisión que no parece inocente, utilizando la palabra oligarquía en un sentido que recién adquirió – al menos para Salta – en el siglo XX, y sobre todo desde el advenimiento del peronismo. Utilizando un procedimiento parecido, seleccionando algunos apellidos como se hace con los de los “traidores”, también se podría decir que “a Guemes lo apoyó la oligarquía”. Como dije al principio, no soy historiador. Tampoco tengo interés en defender ningún privilegio, ningún orgullo estúpido, ninguna clase de elitismo social. Pero me parece muy importante poner en discusión este nuevo “sentido común” histórico que comienza a imponerse acríticamente y que sólo sirve para profundizar una grieta cuyo origen no discuto, pero que ya podría empezar a cerrar. No es honrar a un héroe atribuirle mis prejuicios, forzar la interpretación de su vida para amoldarla a mis necesidades, sean éstas ideológicas o de cualquier otra naturaleza. En lo que respecto a los gauchos – rurales, urbanos, viejos o nuevos – nadie tiene derecho a negar a nadie esa identificación, esa vocación de continuar con una linda tradición, que es linda justamente y sobre todo, porque es de todos, sin distinción.
(1) Abogado/Militante de la UCR.

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