Alberto Nadra: Los “antitodo” y el libreto desestabilizador del Macrismo.

Alberto Nadra, columnista.

De Kirchner a Macri, libro de Alberto Nadra.

Buenos Aires- Argetina (Por Alberto Nadra (1).– El 12 de octubre, volvieron a salir a la calle los “antitodo”. Envalentonados y violentos, por séptima vez salieron a enfrentar a contagiar su odio antigubernamental, anticuarentena, antiEstado, antiFranciso. En definitiva, antipueblo.  En clave antiperonista y anticomunista, en medio de la pandemia que nos castiga, ellos comprometen la salud pública y buscan abiertamente deslegitimar y desestabilizar a las autoridades elegidas por el pueblo, hace menos de nueve meses.  Son orientados y convocados abiertamente por la oposición económica, mediática y judicial, que bloquea todas las iniciativas gubernamentales para impedir avances y forzar retrocesos que aíslen al gobierno e incluso, deterioren la propia base político y social que lo sostiene.  Conviene no demorarse en el carácter delirante de algunas consignas enarboladas en gritos y pancartas, pero es vital subrayar que de ellas surge un núcleo que reinstala las que históricamente esgrimió la reacción, civil y militar, para forzar la capitulación de gobiernos surgidos de las urnas, y finalmente desplazarlos.     “Libertad”, “Democracia”, “República”, junto a la siempre cacareada indignación por la corrupción, son un libreto de palabras que ya malversaron en muchas oportunidades para hundir al pueblo en la pobreza y regar con su sangre las calles de la Patria.   Gritando “Libertad”, encarcelaron, secuestraron y asesinaron a miles de argentinos.     Agitando la bandera de la “República” voltearon gobiernos electos, arrasaron con la Constitución y las leyes.     Para “restaurar” la Democracia y “protegerla” proscribieron partidos políticos y disolvieron el Congreso.     El taparrabos de la corrupción fue uno de las excusas para derrocar a Yrigoyen en 1930, a Perón en 1955 y a Illia en 1966. También para acorralar a Raúl Alfonsín en 1989.     En los hechos, lo que hicieron fue demoler las instituciones, saquear el bolsillo de los trabajadores, esquilmar al Estado, y en sociedad con la “patria contratista” endeudarnos en el exterior, a la vez que obligaron a todos los argentinos a pagar los créditos y autopréstamos de un puñado de grandes empresarios, que con el dinero público engrosaron sus fortunas personales.   Ahora, sus sucesores, acompañados por muchos de los que callaron ante tantos atropellos, “Llaman libertad a la opresión y dictadura al cuidado de la vida”, como sintetiza la filosa pluma de Horacio González.

Secretos en Rojo, libro de Alberto Nadra.

En 2019, luego de la decisión estratégica de Cristina de proponer a Fernández a la presidencia, y acompañarlo como su vice, intentaron impedir el triunfo de la fórmula del FdT con acusaciones que fueron desde una caricaturización de la consigna de marzo de 1973 (“Cámpora al gobierno, Perón al poder”) hasta delirios como el de Elisa Carrió, quien no vaciló en vaticinar un magnicidio impulsado por la dos veces presidenta. Tampoco falto la vieja receta del “Chirolita”, donde Alberto Fernández sería un títere en manos de Cristina, como en 2011 aseguraron que Cristina lo sería de Néstor Kirchner y, en 2003, el propio Néstor de Duhalde. Poco imaginativos, como se ve, pero siempre dañinos: conjeturan que “el público se renueva” y que el sector de la sociedad al que se dirigen antepone prejuicios a la propia experiencia.  Posteriormente al triunfo electoral hubo nuevos cambios en los libretos para colonizar la subjetividad de esa porción de la población, que por otra parte ofrece cada vez menor resistencia. Del “chirolita” /títere, Alberto Fernández pasó a ser “un moderado que puede frenar a CFK”, pero más adelante sembraron temor ante “el asedio de Cristina al presidente” y actualmente los observamos irritados pues, en realidad, “los dos son lo mismo”. Después de las PASO, y hasta el 10 de diciembre de 2019 tuvimos operaciones diarias acerca de “el avance de La Cámpora” y “el kirchnerismo duro”, a la vez que se demonizó una supuesta “Conadep de periodistas” (apenas una ironía militante de Dady Brieva), la “reforma agraria” de Juan Grabois (recreación de una reivindicación de la burguesía francesa del siglo 18) o una tímida referencia de Felipe Solá a la disuelta Junta Nacional de Granos (instaurada por los propios conservadores de la tercera década del siglo pasado para regular mínimamente el sector).  Lo intentos de condicionar al presidente electo se convirtieron en abierta presión una vez asumido el mandato y ante los primeros pasos de la nueva gestión.   Hoy, sin disimulo, los fingidos consejos son reales amenazas. La oposición y los medios boicotean abiertamente el funcionamiento del parlamento, convocan a un dialogo que no practican y reclaman un consenso al que entienden como la renuncia gubernamental a cumplir con el contrato electoral con sus votantes. A reemplazar su agenda por la de ellos. El “flash psicótico” de Eduardo Duhalde, quien alucinó con un golpe militar que impediría las elecciones de medio término, no fue otra cosa que un aporte más a este clima destituyente sembrado por la corporación política, mediática y judicial. Se explica, entonces, la fuerte reacción democrática al dislate del ex presidente interino, aún con su casi nula gravitación política actual, pero resulta incomprensible la total falta de reacción ante las graves afirmaciones del senador radical Luis Naidenoff durante el debate por la denominada “Reforma Judicial”, el lunes 28 de agosto. Ninguna figura del oficialismo, tampoco medio de prensa alguno, comentó (y menos condenó) su cuasigolpista cierre en nombre del bloque de Juntos por el Cambio, cuando el legislador reclamó abiertamente la intervención de la Corte Suprema si avanza el proyecto ya aprobado en la Cámara alta. Naidenoff, como en las páginas más oscuras de la historia argentina y de su propio partido, la convoca para que anule la voluntad mayoritaria de los representantes del pueblo. Tres días después, el miércoles 2 de septiembre, los diputados de “Juntos por el Caos” intentaron impedir la sesión en Diputados y, al fracasar, dieron una nueva vuelta de tuerca a su ofensiva destituyente. Anunciaron que impugnarán judicialmente la ley aprobada para socorrer y reactivar el turismo, a miles de trabajadores gastronómicos, hoteleros, transportistas, guías y comerciantes.  En el Senado, 24 horas después, siguieron con su decisión de bloquear, pero se olvidaron de los pretextos que opusieron a legislar en forma virtual en medio de la pandemia y no tuvieron problemas en cambiar los argumentos para sesionar en forma remota. Claro, trataban de impedir la declaración de servicio publico esencial a la telefonía móvil, Internet y la TV paga, que favorece a millones de usuarios y tanto duele al grupo Clarín. El absurdo planteo en Diputados tuvo una demoledora respuesta de la legisladora porteña del del FdT, Lucia Cámpora, quien desarmó con simpleza el argumento opositor: “¿Guzmán puede reestructurar la deuda argentina por Zoom y Mario Negri no puede discutir las leyes si no es de manera presencial? No jodamos”.   No, no joden. Promueven el contagio, bloquean el Congreso, y desestabilizan.  A este amplio abanico, y sus distintas etapas, aplica a la austera definición de desestabilización: “Es la acción de debilitar las instituciones políticas de un Estado y de erosionar la autoridad de sus gobernantes, de modo que el sistema en su conjunto pierda seguridad y firmeza”.

(1) Político, escritor y periodista. Se destacó como militante de los derechos humanos y en la formación de la Coordinadora de Juventudes Políticas Argentinas entre 1970 y 1980.

 

 

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